Mis relatos #3 - La verdadera historia de Cenicienta [PARTE 2]

-¿No sabes que ahí dentro vivo yo? ¡Además me has hecho daño!-dijo aquella figura pequeña. Tenía unas diminutas alas y su cuerpo cabía en la palma de mi mano. Sentí gran curiosidad por aquel bonito ser. Llevaba el pelo rubio recogido en un moño y tenía una voz muy risueña, a pesar de estar enfadada conmigo.
-Discúlpeme, ser. ¿Qué eres?
-¿Es que nunca has visto un hada?- preguntó cruzándose de brazos mientras flotaba en el aire, indignada.
-No. ¿Eres un hada? -dije mientras me puse en pie y me acerqué a ella, con el dedo índice levantado en su dirección con intención de tocar a esa extraña criatura.
-¡Eh! -gritó el hada cuando vio mis intenciones. Volví a sentarme en la cama y se tranquilizó. -Las hadas venimos de un país llamado Nunca Jamás, y allí somos hadas libres.
-¿Y tú por qué estás en esta lámpara y no allí? -pregunté, tuteando al hada tal y como ella hacía.
-Porque me secuestraron, ¿vale? -respondió, y por un momento vi cierta vergüenza en su rostro. -Estaba en mi país durmiendo cuando una mujer extraña me metió en esa lámpara.
-¿Qué quería de ti? -pregunté intrigada. Al instante me di cuenta de que estaba haciendo demasiadas preguntas.
-Quería que cumpliera sus deseos -suspiró- pero yo soy un hada menor, y nosotras sólo podemos conceder uno por persona. Creyó que era un hada mayor, que conceden 5 deseos, y le salió mal la faena. -respondió con tono de superioridad. Parecía que le alegraba ese fallo aun estando presa en una lámpara.
-Es decir, que sale más rentable encontrar un hada mayor que un genio, ¿no? Si conceden dos deseos más, creo que yo... -decidí no continuar. La broma no parecía hacerle mucha gracia y cambié de tema. -¿Y se lo concediste? El deseo que quería, quiero decir.
-Sí, pero sé por donde vas, humana, y no puedo decirte cuál fue. Lo pone en... espera un segundo. -dijo apresuradamente, mientras volvía al interior de la lámpara. Al cabo de unos segundos regresó con un papel un tanto pequeño para que mi vista pudiera comprender qué había escrito en él, pero dejé que el hada continuara. -Lo pone en el contrato de hadas. 
-Ah. Bueno, ¿y se supone que ahora tengo que pedir yo mi deseo? -pregunté, ignorando por completo aquel contrato, cosa que al hada le irritó mucho.
-Esperaba que me dejaras libre, pero ya veo que eres como todos. -respondió haciendo desaparecer el papel, y sus alas señalaron al suelo mientras el pequeño hada se volvía cabizbajo a su lámpara.
-¡Espera un momento, Hada! 
El hada se detuvo y sus alas volvieron a apuntar el techo. Su rostro mostraba esperanza.
-Por favor, llámame Campanilla. Hada es sólo mi oficio.
-Bien, emm... Campanilla. Hagamos un trato. -me puse en pie y me acerqué a Campanilla, pudiendo ver bien cada arruga que cubría sus alas. -Si me concedes un deseo, cuando éste se cumpla, yo te libero, ¿vale?
El hada se quedó un rato en silencio mirándome y acto seguido se acercó a pocos centímetros de mi cara, donde empezó a agitar graciosamente mi nariz. -¡Gracias, gracias, gracias! ¡Por supuesto que acepto! -se apartó de mí y en su mano apareció de nuevo el papel y un lápiz. -¿Cómo te llamas?
-Cenic... Capri. -respondí. Estaba harta de mi apodo.
-Bien -dijo mientras apuntaba mi nombre en la hoja. -¿Cuál es tu deseo?
-Ir al baile. -contesté sin dudarlo, hecho que me sorprendió incluso a mí.
Campanilla abrió sus ojos aún más y su rostro mostraba una clara confusión.
-Pero... pensé que tú querrías ser libre, como yo... Pensé que...
-Ir al baile. Ahora. -respondí cruzándome de brazos yo ahora. Miré el viejo reloj que había encima de una caja de cartón que usaba como mesilla de noche. Eran las ocho y media de la noche y el baile ya había comenzado.
Campanilla suspiró y tras hacer desaparecer de nuevo el lápiz y la hoja, chasqueó sus diminutos dedos. De pronto comencé a elevarme, sin saber cómo podía ser eso posible. Miré el suelo con ojos incrédulos y de pronto, volví a tocar el suelo.
-¿Ya está? ¿Dónde está mi vestido elegante? ¿Y mis zapatos de cristal? -pregunté en un tono enfadado. 
-Oh, bonita, no creerás que el deseo de un hada menor cubre todos los gastos, ¿no? Sólo puedo proporcionarte una invitación. -volvió a chasquear los dedos y encima de mi cama apareció un papel dorado. -¡Que te diviertas! ¡Te espero aquí! -dijo finalmente mientras se volvía a meter en la lámpara. 
¿Qué se suponía que tenía que hacer a continuación? No podía ir con estas ropas al baile, me echarían enseguida. De pronto, se me ocurrió la idea de ir corriendo a la habitación de mi hermanastra Milie. Cogí corriendo un vestido azul bastante llamativo y elegante y lo arreglé con hilo y aguja para que se adaptara mejor a mi cuerpo. Por otro lado, los zapatos decidí cogerlos del armario de mi otra hermanastra, Pilie, y los únicos que no me estaban muy pequeños eran unos tacones un tanto extravagantes de cristal. Al ponérmelos sentí una punzada de dolor, y supe que me costaría mucho llegar al baile a pie, pero no me eché atrás.

Tras un rato alternando la velocidad y estimando mi tiempo de llegada a Palacio, entregué la invitación dorada al guardia que se encontraba en la puerta principal. Durante unos segundos me miró desafiante, pero más tarde me dejó pasar.
El palacio era enorme -pura lógica-, con una fuente en el centro y lleno de retratos de la realeza de nuestro reino colgados en las paredes. Sé que la historia popular dice que cuando entré a Palacio, todo el mundo se giró en mi dirección y contempló con asombro mi belleza mientras bajaba las escaleras. ¡Mentira! ¿Quién se puede creer eso? ¿El príncipe, enamorado de mí a primera vista? Jamás. Bajé las escaleras cautelosamente, con miedo a caer y me senté en el borde de la fuente. Todo el mundo me miró, pero no con admiración, sino con curiosidad. No les culpo, iba bastante mal vestida. Os podría seguir describiendo el lugar, pero supongo que de tantas historias que os han contado, os lo imaginaréis. Estuve al menos una hora dando vueltas por allí buscando con la mirada al príncipe. ¿Sería guapo? ¿Sería orgulloso? Aunque supiera que no iba a acabar casándome con él, sentía gran curiosidad.
-Bueno, deberíais haber visto a la bestia. Era ridícula. ¿Creyó que con un beso de amor verdadero se transformaría en un ser humano? -dijo una voz a mi espalda con un tono burlesco.
Me giré y vi a un hombre poco agraciado, pero bastante robusto que no paraba de acariciar su cabello mientras hablaba con unas cuantas muchachas a su alrededor, suspirando. No pude evitar contemplarlos con cierto asco. ¿Cómo podían ser las mujeres tan estúpidas por un simple hombre, aunque fuera el príncipe?
-Y, ¿y usted estaba enamorado de aquella muchacha, príncipe Gastón? -preguntó una joven rubia de ojos verdes, bastante bella.
-Oh, eso creí. Me imaginé mi futuro junto a Bella, pero ella prefirió a esa... bestia. -respondió con un fingido tono de desilusión. Las muchachas que lo escuchaban atentamente le lanzaban miradas de apoyo y pena, justo lo que él quería conseguir, me temía.

Sí que era un orgulloso, ese tal Gastón. Había oído la historia de esa joven que se enamoró de una bestia, y que jamás llegó a convertirse en hombre. Una bonita pero triste historia de amor. En mi reino sólo había chicas desesperadas por buscar un marido adinerado.
Dejé de lado al príncipe y me fui a pasear por el enorme jardín que tenían. Todo fue tranquilo y agradecí estar a esas horas fuera, hasta que alguien decidió no separarse de mí en toda la velada.
-Buenas, señorita. Veo que está muy sola. -dijo un joven un poco más alto que yo. -Y también veo por sus ropas que no es de la nobleza.
-No, no lo soy. ¿Y usted qué? ¿Eso no es un pijama verde? -pregunté irritada. Odiaba las clases sociales.
El muchacho me miró ofendido y decidí apartar la mirada para no sentirme culpable.
-¿Cómo te llamas? -me preguntó.
-No es de tu incumbencia -respondí mientras me sentaba en un banco que había entre dos árboles.
El joven se quedó mirándome con una media sonrisa en la cara y las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones de pijama.
-Bueno, supongo que tendré que llamarte Cenicienta, entonces. -contestó. Alcé la mirada hacia él, sorprendida, pero no dije nada, y se sentó a mi lado. -Pero algo me dice que no es así como te gusta que te llamen.
-Soy Capri. Prefiero mil veces Capri. -dije irritada, mirando fijamente a la luna.
-Encantado, Capri. -me tendió su mano derecha. -Me llamo Peter.
-¿Peter?  
-Pan. Del reino de Nunca Jamás. -no dije nada, pero al instante reconocí su nombre. Él era el niño que jamás crecía, o eso habían contado en los cuentos populares. Ya no era un niño. Empezaba a creer cada vez  menos esos cuentos.
-¿Y qué haces aquí? Seguramente allí se es más feliz que aquí. -resoplé.
-Sí, eso es verdad. Pero no he venido para quedarme, sino para buscar a mi hada, Campanilla. 
No pude ocultar mi sorpresa y le miré abriendo aún más los ojos. Peter sonrió. Era un muchacho muy apuesto, de aproximadamente unos 20 años.
-Yo... yo conozco a Campanilla. Está en una lámpara porque...
-La secuestraron. -concluyó Peter. -Lo sé. ¿Podrías llevarme hasta ella cuando finalice la fiesta? Debe volver a Nunca Jamás. De lo contrario, podría morir. 
-S... sí, por supues...
Me interrumpió un gran estruendo que sonó en el interior del palacio. Ambos nos pusimos de pie y miramos hacia la puerta que se encontraba frente a nosotros. Yo observaba con miedo, pero Peter Pan miraba con cierta curiosidad, cosa que envidié bastante.

-¿Cenicienta? ¿Es usted Cenicienta? -preguntó una joven que se acercó corriendo a mí. La reconocí al instante: era la muchacha con la que había intercambiado mi caperuza roja, y por ello la gente acostumbraba a llamarla "Caperucita", y era el agente de policía más duro de todos los tiempos. 
-Sí, soy yo. -respondí con voz temblorosa. Ella no pareció reconocerme.
-Debe acompañarme. Inmediatamente.
-¿Qué ha hecho, agente? -preguntó Peter sin comprender nada, al igual que yo.
-Está acusada de asesinar a un lobo con una manzana envenenada. -respondió firmemente Caperucita.

FIN DE LA PENÚLTIMA PARTE.

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